Bàrbara

No podìa estar tranquilo aquella noche. La luz flamìgera de la ciudad entraba de soslayo entre las persianas y rompìa la habitaciòn en varios fragmentos transversales.
Recostado sobre la cama miraba sus muslos desnudos, entretejidos con el fardo de sabanas sucias. Miraba sus pechos apagados por un frìo yerto que oscilaba como pèndul por el viento otoñal, un viento de moiras, un viento de ràfagas.
Encendì un cigarrillo, el fuego del fòsforo me pareciò màs amarillo de lo que solìa ser. Mis nauseas comenzaron al ver las volutas del humo elevarse lento hasta llegar a fundirse con la presencia de la luz. Sentìa un asco profundo por mì, por los rasguños palpitantes que recorrìan como caudales mi pecho y mis brazos, pero sobre todo por aquel cuerpo silencioso que se hallaba suelto a mi lado. Tengo la impresiòn de que su nombre es Bàrbara, pero tal vez sea eso, una ridìcula impresiòn. Terminè por apagar el cigarro sobre la portada de cuero rojo de la biblia junto a la làmpara. Con un trago de whiskey calentè mi boca, querìa abandonar ese sabor a menta que se habìa escondido entre las comisuras de mis labios. Pensè en no volver a robarle un cigarro a una mujer. Deseaba escuchar un tango, no recordaba cual, pero si sabìa su ritmo y su tonada. Eso me hubiera relajado. Lo intnentè reproducir en mi memoria pero sin ningun resultado. Necesitaba la fuerza de sus notas en mis oìdos.
Habìa planeado escaparme un poco antes del amanecer para sentir el despertar de las calles hùmedas, su alumbramiento violeta y azul de pulsiones y hendiduras. Querìa beber una vez, antes de irme por unos meses el fino vapor subiendo desde el suelo gris hasta mi rostro. No podìa quedarme màs tiempo ahì. Estaba temblando. Quitè mi abrigo del perchero y lo sacudì. Empuñè la perilla de la puerta, la gire primero hacia la izquierda y luego para el otro lado, salì de la habitaciòn caminando despacio sin hacer ningùn ruido.