Tres silbidos y el perro sale de los matorrales para venir a olfatear, no dos, no uno, tres. No todos los silbidos son iguales, el silbido al que el perro responde con patética devoción es un silbido flojo, sin matices, triste. Pero al perro eso parece no afectarle, el responde y responderá una y mil veces de la misma forma, con la misma intensidad.
Se puede ver al perro correr a lo lejos, su pelo brillante lo delata, lo hace un punto a mirar dentro del opaco paisaje, tras sucesivos ladridos alcanzamos a distinguir puntos opacos que se menean junto al perro, todos antes estáticos e imperceptibles.
Las sombras desaparecen y el brillo también, otra vez estamos condensándonos en las ultimas gotas de agua que cuelgan de las hojas, infinitamente ligeras. Miramos por sobre todas las cosas pero solo miramos, no vemos, no alcanzamos a ver todas esas cosas.
Crecimos rodeados de miradas vacías, de sueños truncados, de escombros. Así fue como nos volvimos lo mismo, las mismas calcetas descoloridas con hoyos, esas que se llenan con agua para después solo guardar espuma y sal. Nos mirábamos por las ventanas, nos acechábamos, casi nos heríamos. Flotamos, alcanzamos a oír la fuente, esa fuente que hace ya mucho tiempo secamos con la mirada, vimos salir tantos demonios de sus tibias aguas.
Nuestra mano acaricia los brillos de su pelo, todavía los podemos sentir, están ahí. Son como todas esas cosas que prometimos nunca volver a pensar, no desaparecen del todo, se les puede seguir el rastro. Recordamos el instante anterior, parece tan lejano, como si solo fuera el recuerdo de algún sueño, pero no, los silbidos explotan una vez más. Están dentro de nosotros.
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