Recostados miramos el techo, y recordamos el camino de regreso, el mismo camino de regreso que tantas veces hemos andado pero que esta noche se decidió a cambiar. El perro también lo noto, dentro la penumbra alcanzamos a ver el brillo de sus ojos, dos espejos que vigilan intranquilos el hoyo en la pared que funge como puerta. Porque no le pudimos dar un nombre.
Nos astillaron, recuerdas, casi no podíamos movernos por el dolor que producía la aguja de madera que nos metieron entre los dedos, pero no estamos hablando de un cambio físico, es algo menos denso, algo así como un aroma o alguna bendición mal dada. El perro se a puesto de pie, mira fijamente el hoyo en la pared, parece observar algo que nosotros no alcanzamos a ver, su mirada comienza a recorrer la habitación como siguiendo el movimiento de algo que nosotros todavía no alcanzamos a ver. El perro nos mira fijamente, sus ojos brillan de una manera celestial, casi diabólica.
No sabemos cuanto tiempo a pasado, el perro ya no esta, las voces de las palomillas nos han despertado, no queremos levantarnos, no podemos, nuestro cuerpo esta disperso por la habitación. Hay un nuevo color brincando por las paredes, nuestra lengua esta pegada al paladar, es aun de noche y la sangre apesta.
Es por eso que no tienen nombre, para que no podamos salir a gritarlo. Ya estamos tranquilos, la noche ha vuelto a ganar y nosotros nos rendimos ante ella como un bebé se rinde ante un vaso de leche materna. Suspiros, estamos llenos de ellos.
