Nada que no me erize

Plegando las alas del sueño en la casi esquina de una calle reconocida por mi rutina casi diaria. Desde ahí se alcanza ver de reojo como los cuerpos se colapsan por el desmayo de autoficciones que nadie duda y que casi diario rosamos. Cacarear en la abyecta ventana de la noche de mi iris derecho. Masturbarse en la profunda sin razón que los demás arguyen como vida o tal vez renacer en la viscosidad de los sexos tibios y hermosos. Penetrar los insectos con el oido y mirar hacia la profundidad de los párpados infinitos.

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