Aquella mujer se llama Muerte

En el silencio blanco se murmuran muchas lenguas que no deben ser pronunciadas, voces que bailan y se retuercen en las comisuras de sus labios paganos. Forman figuras concéntricas que se consumen con el fuego de las velas.
Esta revelación me ocurrió cuando era un niño, en un ritual que me era complatamente ajeno. Todos estaban sentados alrededor de un féretro negro con broqueles y agarraderas plateadas, algún familiar que no puedo recordar se hallaba dentro.
Los hombres miraban al piso mientras las mujeres sollozaban cuando escuche esas voces que son su voz entre las oraciones que se repetían tantas veces que pensé que nunca acabarían.
Me hablaba como lo hacía mi madre cuando me portaba bien en el colegio, me dijo que era un buen chico y podría jugar con sus hijos pero tendría que cuidarlos muy bien porque eran ciegos. Me enseño que los antepasados habitan el agua, los sapos son sus guardianes y en las noches de lluvia hablan y cantan a través de ellos.
No volví a escuharla, solo pude reconocer su trabajo, fijarlo en mis recuerdos: la piel pálida, los ojos cristalinos, los miembros rígidos y la luz macilenta que lo envuelve todo.
No pudé olvidarla, quise saber más de ella, estudié sus procedimientos, las antiguas ceremonias, su olor y su tacto, probé la tierra blanda, escuche el trinar de las aves en los cementerios, invoque a sus heraldos con la nigromancia.
Solo la pude ver una vez, estaba en el jardín de los recuerdos, una pequeña mariposa negra se posó sobre una amapola, mi abuela me tomó de la mano, la miré y le dijé: esa mujer sentada en la flor, ¿Cuál es su nombre?

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